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Entrevista: Gregorio Parrilla, 40 años dedicados a la oceanografía física

martes, 22 marzo, 2011

“Siempre he sido una persona de acción”

Gregorio Parrilla
A bordo del Hespérides durante la campaña a lo largo de la sección 24 Norte en 1992 / IEO

Gregorio Parrilla (1944, Las Palmas de Gran Canaria), se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid en 1964. No se doctoró hasta 1994 y hasta 2002 no obtuvo su plaza de investigador titular en el Instituto Español de Oceanografía y, para entonces, ya había sido el primer oceanógrafo físico español en publicar en Nature, coordinador de importantísimos proyectos como CANIGO, en el que participaron instituciones de 14 países, y representante en multitud de foros internacionales.
Oceanógrafo español pionero y autodidacta, Gregorio Parrilla fue de los primeros en estudiar en EEUU, primero en traer y usar la batisonda moderna (CTD) en nuestro país y primero en liderar una campaña oceanográfica transatlántica a bordo del Hespérides.
Comenzó su carrera en el Xauen, un barco de carbón de la Armada, reciclado tras la Guerra Civil, en un país retrasado, y la terminó en barcos como el Hespérides o el Vizconde de Eza, en un país puntero en oceanografía.

¿Cómo ha evolucionado la oceanografía desde que empezó?

Para empezar no existían estudios académicos sobre oceanografía física en nuestro país y, excepto en Alemania y EEUU, en el resto del mundo tampoco había mucho. Hasta principio de los 70 no entró claramente la oceanografía en el mundo académico aunque en España hubo que esperar hasta los 80.
Yo estudié física en Madrid, en la Complutense, y entonces lo que había, dentro de la especialidad de geofísica, era un curso cuatrimestral de oceanografía que impartía Seco Serrano, un excelente físico que trabajó en el Instituto, murió muy joven y ha quedado olvidado. Y esa era toda la oceanografía que podía estudiarse en las universidades españolas.
En aquella época los oceanógrafos físicos éramos 5 o 6 autodidactas. ¡En toda España! El pasado mes de octubre, en la reunión de oceanógrafos físicos que hubo en Barcelona, éramos más de 200. Así que el salto ha sido brutal.

¿Y de dónde salían los oceanógrafos físicos del instituto?

Autodidactas por completo. Salíamos de las facultades de física y entrábamos al Instituto con una beca. Yo entré en el año 67, y allí recibí unos cursos de oceanografía, que no estaban mal para aquella época. Después cada uno, con tres o cuatro libros que había, se seguía formando. En aquellos años, de oceanografía física como tal, podía haber tres o cuatro libros en inglés y alguno más en francés. Hasta finales de los 70 o los 80 no aparecieron libros de referencia en oceanografía física.

¿Cómo recuerda su primera campaña?

Pues muy bien. Siempre me gustó ir de campaña. La primera que hice fue siendo becario y era de pesca. El jefe de campaña fue Miguel Oliver y la hicimos en el Xauen. Era el único barco oceanográfico español que existía hasta que apareció el Cornide en el 72. Lo llevaba la Marina de Guerra. Era un barco de carbón, un antiguo pesquero transformado en buque de guerra durante la Guerra Civil y luego en oceanográfico cuando terminó. Pero entonces la tripulación continuaba siendo de la Marina e incluso el barco llevaba una ametralladora en la proa.

¿Y la primera de oceanografía física?

La primera campaña de oceanografía física fue durante una estancia en EEUU, en la Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI). Llegué a EEUU en el 68, y en el 69 se organizaron una serie de campañas en el Mediterráneo, en el golfo de León, en la que intervenía la WHOI por un lado, también el Instituto de Ciencias del Reino Unido (lo que es ahora el NOC), participaba el Museo de Historia Natural de París, varios equipos italianos… Y había muchos barcos: el Charcot, el Discovery inglés, el Maria Paolina italiano, el Atlantis II, que fue en el que yo iba, y alguno más. Salimos de EEUU sobre el 2 de enero del 1969 y no regresamos hasta tres meses después. La expedición se llamó Medoc 69 y por primera vez se observó directamente la formación de agua profunda en el Mediterráneo. Esta campaña, junto con la estancia en Woods Hole, ha sido la mejor experiencia de mi vida.

No debió ser fácil irse a EEUU en esa época, ¿cómo lo recuerda?

En el 68 me fui a EEUU, con una Visiting Grant, se llamaba. Un investigador de la WHOI que se llamaba Arthur Miller había trabajado mucho por el Mediterráneo y había hecho una gran amistad con Nicanor Menéndez que, cuando yo entré en el Instituto, era Jefe del Departamento de Oceanografía Física, además de miembro del Comité de dicha especialidad en la Comisión Internacional para la Exploración Científica del Mar Mediterráneo. De un proyecto, que había sido una gran expedición de la UNESCO en el Índico en el 66, había sobrado dinero y se invirtió en ayudas para la movilidad de jóvenes investigadores. Con una cosa y otra surgió la oportunidad de la estancia en la WHOI. Se la ofrecieron a alguien en el Instituto que no quiso ir, luego me la ofrecieron a mí y me fui con los ojos cerrados.

La WHOI, en aquella época, era, y sigue siendo, uno de los sitios más importantes para el estudio de la oceanografía física. Estuve allí trabajando sobre las masas de agua del océano Índico, de lo cual no tenía ni idea. Pero había tales facilidades de libros, de publicaciones, de acceso a expertos… que te ponías al día rápidamente.
Y qué decir de lo personal… En aquella época estaba Franco en España. Salí de una dictadura, en la que besar a una chica en la calle te costaba ir al cuartelillo, para ir a San Francisco en plena época hippie. Fue el cambio más brutal que yo he tenido en mi vida.

De los nueve proyecto en los que ha participado, ¿cuál recuerda con mayor ilusión?

Como proyecto el CANIGO. Uno de la Unión Europea que empezó en el 96 y terminó en el 99. Estudiamos toda la región Canarias – Azores – Gibraltar. Fue un proyecto que surgió cuando existía el MAST III, la única vez que en la Unión Europea ha existido un programa dedicado a ciencias marinas: el Marine Science and Technology Programme. Sin embargo la mayoría de proyectos se iban al Mar del Norte, había un proyecto en el Mediterráneo, pero nuestra zona estaba un poco olvidada. Entonces hubo presiones para que se hiciera algo y salió este proyecto. Al principio no parecía gran cosa, pero después poco a poco, sobre todo gracias a la ayuda de los alemanes de la Universidad de Kiel (lo que es ahora IFM-GEOMAR), se convirtió en un gran proyecto. Por primera vez España coordinaba un proyecto así. Ha sido el más ambicioso y de mayor envergadura que ha tenido España en oceanografía. Fueron 12 millones de euros y 25 instituciones involucradas de 14 países. Hicimos decenas de campañas con el Thalassa (las primeras que hizo), con el Cornide, con barcos alemanes… se trabajo mucho la zona. Yo fui el coordinador y creo que salió muy bien.

Seguramente, en todas las millas que ha navegado, habrá tenido más de un susto, ¿cuándo ha pasado más miedo?

La primera campaña que hicimos en el Cornide de Saavedra en el 72. La hicimos por el noroeste español y el Cantábrico y me acuerdo que nos cogió a la altura de Vigo una tormenta tremenda. El barco daba unos bandazos terribles y tuvimos que ir de arribada forzosa y entrar en A Coruña. Me acuerdo que en aquella época el Cornide tenía un camarote para mujeres bastante amplio y, no me acuerdo si había alguna mujer en aquella campaña, pero me acuerdo de que poco a poco nos fuimos reuniendo todos en ese camarote. Unos más asustados, otros menos, pero los bandazos eran de tal calibre que desde la cubierta de los camarotes, sobre la principal, se veía el horizonte por encima de los botes salvavidas… Una cosa tremenda, el peor momento que he pasado. Aunque Medoc 69 también fue muy duro. Como el agua profunda en el Mediterráneo se forma cuando sopla el mistral, que es un viento de 50 nudos, estuvimos meses sufriéndolo en continuo. Pero no era tan terrible como lo del Cornide.

¿Y el momento más emocionante?

Emocionante, emocionante, no sé… En los 80, con los proyectos cooperativos que hicimos con la WHOI y otras instituciones de EEUU, hicimos varias campañas en Alborán y Gibraltar y se estrenó el primer CTD español. Lo compre yo y lo usamos por primera vez a bordo del Cornide. No es que fuera emocionante pero sí muy importante.
Me acuerdo de otro momento en el estrecho de Gibraltar. A mí siempre me ha gustado hacer la guardia de 4 a 8 de la mañana para ver amanecer, y ese día estaba el cielo tan limpio, lleno de estrellas, con una luz aterciopelada… quizá no fue lo más emocionante que he vivido pero sí que ha sido un recuerdo que siempre me ha acompañado y que recordaré siempre.

Si tuviera que elegir un artículo entre los más de 40 que ha firmado, ¿con cuál se quedaría?

El de Nature en el 94 sin duda. Este artículo fue el fruto de la primera campaña oceanográfica transoceánica que hacíamos en España, la A5, que fue una de las primeras del Hespérides. Tras batallar mucho, conseguí que tanto el IEO como el Plan Nacional financiaran esta campaña que recorrería la sección 24 Norte desde Canarias hasta Miami. En aquel momento, y hoy día también, es la sección que más veces se había recorrido. Entonces se habían hecho previamente en el 51 y en el 87, así que, de alguna manera, teníamos una referencia de la variabilidad climática en esas aguas. Fue una campaña que yo dirigí, con la colaboración de gente de Woods Hole y del AOML de la NOAA. Fue todo un éxito y gracias a la información que obtuvimos fui, creo, el primer oceanógrafo físico español que publicaba en Nature.

Los años 90 fueron de enorme importancia para la oceanografía en todo el mundo, ¿cómo recuerda esa época?, ¿a qué se debió ese auge?

Ya en los 80 la oceanografía física estaba alcanzando un gran momento y a primeros de los 90 empezó un proyecto que se llamó WOCE (World Ocean Circulation Experiment), en el marco del cual realizamos la campaña que comentaba en la 24 Norte. Se cubrió todo el océano mundial con campañas sistemáticas. Nunca había habido en el mundo hasta esa fecha, proyecto oceanográfico más ambicioso que éste. También coincidieron en esta década los programas europeos que fueron otro impulso sin precedente.
Los 90 fueron muy importantes para la oceanografía española, dimos un salto tanto cuantitativo como cualitativo tremendo. A raíz de todo esto, también España en el Plan Nacional creó un programa de ciencias marinas, en el que el IEO puso una buena cantidad de dinero.

¿Qué supuso el proyecto WOCE para la oceanografía?

Desde ese momento se ha podido estudiar el océano en todas sus escalas de movimiento, desde milímetros hasta miles de kilómetros. No sólo se hicieron campañas transoceánicas y de gran duración, sino pequeñas campañas por todos los rincones, de manera que se obtuvo una resolución de estaciones muy alta. Además el equipo que se usó permitió aumentar la frecuencia y la calidad de los muestreos. Se muestrearon todas las escalas oceánicas conocidas dando lugar a miles de datos que todavía hoy se utilizan y que se seguirán utilizando durante años.

¿Y para usted qué significó?

Para mí fue importantísimo. A raíz de mi participación en WOCE dentro del comité ejecutivo, entré de lleno en la gestión internacional de la oceanografía. Cogimos nombre y dejamos de ser unos parias como lo habíamos sido en los 70. No éramos lo que en otros países europeos, pero ya contábamos. Si en Europa se quería hacer algo nos llamaban para colaborar.

¿Le gustaría que se repitieran proyectos como éste?

En los últimos años, los foros internacionales de la oceanografía, como la COI, no tienen dinero. La oceanografía es una ciencia realmente cara, hay que trabajar en un medio hostil y se necesita mucho dinero para muestrear. Además, a nivel mundial, hay una interacción con la gestión política que no ayuda mucho. Desaparecieron los programas de ciencias marinas en Europa y ya no tenemos el empuje ni el protagonismo que la oceanografía física tenía hace 10 o 15 años. Es complicado que repita algo así con la situación actual.

¿Qué le hubiera gustado descubrir?

No me he preocupado nunca de eso.

¿Y alguna espina clavada?, ¿algo que le haya quedado sin investigar?

Tampoco. No es porque haya conseguido todo sino que siempre he intentado hacer lo que me he planteado. Siempre he sido una persona de acción, si hay algo que hacer se hace. Tampoco he sido un gran científico porque al fin y al cabo la educación oceanográfica de mi generación no fue la ideal. Fuimos autodidactas, así que nuestro conocimiento base tenía lagunas.

Pese a su jubilación, no se ha desvinculado ni de la oceanografía ni del Instituto, ¿qué proyectos tiene en mente?

Sigo haciendo algunas cosas. Colaboro en la Exposición Malaspina que tendrá lugar en el Real Jardín Botánico de Madrid este año, acabo de terminar un trabajo sobre Odón de Buen y su relación con Alberto de Mónaco y alguna cosa más… Si de vez en cuando me apetece hacer algo de divulgación pues lo hago.

¿Qué futuro le ve a la oceanografía?

El océano es fundamental en el mundo en que vivimos en todos los aspectos: desde fuente de recursos naturales, vivos o no vivos, hasta soporte del transporte, el 90 por ciento del comercio exterior del mundo se hace por mar. Es una pieza fundamental en el clima y pieza fundamental en el ciclo hídrico. Así que es esencial conocer su funcionamiento.
Sin embargo, en estos momentos, tal como está la situación mundial, entiendo que va a reducirse la financiación de todos los proyectos científicos, no solo de la oceanografía. Así que en el futuro veo que disminuirá la actividad, pero no podemos perder de vista la importancia del océano en nuestras vidas.

Esta entrevista se publicó en marzo de 2011 en el número 16 de la revista IEO

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Me llamo Pablo, soy oceanógrafo y periodista, y he creado Ciencia en Remojo para compartir mis trabajos –científicos y divulgativos- e informar sobre actualidad en ciencias del mar.

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