Ciencia en remojo > Entrevistas > Juan Acosta, geólogo del Instituto Español de Oceanografía

Entrevista: Juan Acosta, geólogo del Instituto Español de Oceanografía

viernes, 15 julio, 2011

“Tenemos un equipamiento que es la envidia de muchos países más desarrollados que nosotros”

Juan Acosta, Geólogo

Juan Acosta Yepes (Águilas, 1949), se licenció en Ciencias Geológicas por la Universidad Comptense de Madrid en 1972 y el mismo año ya trabajaba para el IEO, institución en la que ha desarrollado toda su carrera. Durante más de 30 años, Juan Acosta se ha dedicado a la cartografía geológica del margen continental español, ha estudiado la geofísica de la placa Caribe e investigado el patrimonio cultural sumergido, entre otros temas. De las 72 campañas en las que ha participado, cabe destacar la que fue primera de España en la Antártida, cuyos resultados le permitieron a nuestro país entrar a formar parte del Tratado Antártico y a Juan Acosta liderar, unos años después, la primera campaña antártica del Hespérides.

¿Cuál fue su primer contacto con las ciencias marinas?

Yo hice geología en la Universidad Complutense, y el último año, en el 71, me dio clase de geología marina un oceanógrafo del Instituto, Carlos Palomo.  Por entonces no existían estudios ni de geología marina, ni de oceanografía, ni de ciencias del mar y lo cogí con muchísimo interés.

Después, cuando se estrenó el Cornide de Saavedra, el profesor hizo un sorteo entre los alumnos y me tocó ir en la primera campaña del barco, en el 72.

¿Cómo recuerda esa campaña?

Con muchísimo cariño. Fue la primera del barco, con unos equipos recién adquiridos que no sabíamos manejar y que unos italianos nos estaban enseñando cómo hacerlo. Éramos gente joven, muchos compañeros de la facultad y mucha gente que ya estaba en el Instituto como Carlos Palomo, Pedro Batlle, Guillermo Mateu, Jose Maria Gracia Morón,… Lo pasamos muy bien.

¿Fue dura?

Si. La verdad es que no tuvimos mucha suerte. Era Semana Santa del año 72 y estábamos estudiando el cañón submarino de Cap Bretón, en el golfo de Vizcaya. Nos hizo un tiempo bastante malo. Además de que me suelo marear en los primeros días de campaña si el tiempo está malo, me acuerdo que hacíamos guardias en un laboratorio bajo cubierta que tenía unas ecosondas que registraban los datos en papel seco. El estilete cuando marcaba quemaba el papel y desprendía un humo negro corrosivo. Cada vez que tenía guardia me mareaba, me comía una manzana, subía a cubierta a vomitar y bajaba otra vez a la guardia, hasta que el humo tóxico aquel volvía hacer su efecto… Aparte de eso lo recuerdo con mucho cariño.

¿Cómo entró en el Instituto?

Después de esta campaña, me gustó tanto la experiencia que nada más terminar entré en el IEO como alumno libre, una figura que existía entonces. Además, tuve la suerte de que, en el mismo año 72, mi primer encargo fue irme un año de campaña en un barco americano, un barco de la NOAA que estaba investigando en Canarias.

¿Qué tal fue la experiencia?

Fue increíble. Una investigación de 40 días entre Cabo Verde y Canarias. Era un transecto desde cabo Hatteras, en la costa atlántica americana, hasta África, y estaba dirigida por Peter Rona, uno de los padres de la geología marina. Se estaba investigando, entre otras cosas, si las estructuras geológicas que propiciaron la formación de petróleo en el golfo de Méjico también aparecían en el Noroeste de África, ya que un día ambas regiones estuvieron unidas antes de que se empezase a formar el océano Atlántico. Se comprobó que la mitad de la cuenca en la que se originó el petróleo, cuando los dos continentes estaban aún muy cerca, se encontraba al otro lado del Atlántico.

Por esa época se establecieron muchos convenios de colaboración entre el Instituto y EEUU, lo que le permitió, a usted y a muchos compañeros, formarse en algunos de los principales centros oceanográficos del planeta. ¿Cómo fue esa experiencia?

Yo participé en el primer convenio de amistad hispano-norteamericano. Éste, y otros posteriores, fueron convenios que se firmaron en los 70 como compensación al establecimiento de las bases americanas en España. Gracias a ello, un grupo de seis o siete geólogos que estábamos en el Instituto, recién salidos de la Universidad, tuvimos un impulso enorme. El convenio incluía, por un lado, que los americanos nos regalaban unos equipos geofísicos muy buenos y, por otro, nos daban la oportunidad de formarnos en centros oceanográficos de EEUU. Para mí, y para el resto, fue un paso de gigante. Estuvimos en la Woods Hole Oceanographic Institution, al sur de Boston, haciendo estancias de varios meses durante dos años, del 78 al 80. Allí nos dieron clase los padres de la geología marina, los pioneros a nivel mundial, y además trabajábamos con ellos. El convenio fue un impulso para la geología marina en España sin precedente.

En España no existía la geología marina ni prácticamente la oceanografía, ni a nivel académico ni de investigación, y llegas allí y era otro mundo. Una institución con cientos de científicos, con barcos, submarinos… Nos llevaban un gran adelanto en todos los sentidos.

¿Sigue existiendo hoy en día esa brecha?

Sigue existiendo, no podemos compararnos. Pero, lógicamente, se ha acortado muchísimo. El salto tecnológico y de personal, después de 30 años, ha sido enorme. Dentro del Instituto se avanzó mucho, primero con esos equipos que nos regalaron los americanos; después, otro salto enorme fue la entrada en funcionamiento del Hespérides, en el 92, que, en cuestiones de barcos, nos equiparó con el resto de países. A partir de ese año las publicaciones españolas en geología marina se dispararon. Hasta entonces era imposible competir.

¿Los nuevos barcos del IEO supondrán un nuevo salto?

Indudablemente. Hoy día España a nivel de buques y de instalaciones es puntera. Los nuevos buques, también los de la SGM que entraron en funcionamiento hace pocos años, el Liropus, un ROV que puede hacer fotografías y videos a 3.000 metros de profundidad… Ahora mismo tenemos un equipamiento que es la envidia de muchos países más desarrollados que nosotros como Francia, Canadá, etc. No podemos quejarnos.

Sin embargo, tenemos un punto débil, y es que no hay personal. Los equipos de investigación desgraciadamente, desde hace tiempo y mucho más ahora con la crisis, tienen un déficit de incorporación de nuevos investigadores muy preocupante.

Sus investigaciones se han centrado en cartografiar los fondos marinos, en conocer lo que no podemos ver. ¿Qué es lo más interesante e impactante que se ha encontrado durante una campaña?

Cuando hacemos cartografías de fondos marinos, sobre todo desde que disponemos de barcos como el Hespérides, elVizconde de Eza o el Miguel Oliver, que utilizan tecnologías de última generación capaces de ver el fondo como si fuese una foto aérea, siempre hay sorpresas y me encanta ver los resultados, porque las zonas que hemos estudiado casi siempre han sido zonas desconocidas, al menos a ese nivel de detalle. Se habían hecho perfiles espaciados decenas de millas y poco más. En todos los proyectos en los que hemos participado utilizando estas técnicas siempre han aparecido cosas nuevas. En el proyecto que iniciamos en el 95 para cartografiar toda la Zona Económica Exclusiva Española, encontramos, por ejemplo, al sur de Mallorca, que había una zona con más de 100 pitones volcánicos desconocidos hasta entonces. En otros trabajos, más recientes, que hemos hecho con la SGM en la Patagonia, encontramos unos cañones submarinos de miles de kilómetros de largo, también desconocidos. La ilusión y la excitación que se tiene cuando vas a descubrir una cosa totalmente desconocida son muy grandes.

Una parte importante de su trabajo se ha centrado en el estudio de los fondos de la Antártida. ¿Cómo fueron esas campañas?

Fue espectacular, una campaña única que no se ha vuelto a repetir. Fue en el año 86, con dos barcos de pesca de altura alquilados por el Ministerio de Agricultura. En un barco, iban biólogos haciendo pescas experimentales para buscar posibles nuevos caladeros y, por otra parte, íbamos el resto de oceanógrafos: los físicos, los químicos, geólogos… Fueron 80 días en los que recorrimos miles de millas, desde Ushuaia hasta las Sandwich del Sur. Estuvimos en zonas en las que no se ha vuelto a hacer ninguna investigación porque están muy alejadas, muy al este de la Antártida. Además, los resultados de aquella experiencia fueron importantísimos, porque permitieron al Instituto editar una monografía que le sirvió a España para entrar en el Tratado Antártico.

¿Qué papel tuvo el grupo de geología en esta campaña?

Nos llamaban los murciélagos porque de día trabajaban los biólogos, los físicos… todos los que necesitaban luz para trabajar. Y de noche nos tocaba a nosotros. Por un lado, apoyábamos a los biólogos diciéndoles dónde podían arrastrar sin estropear los artes y, por otro lado, realizábamos nuestras propias investigaciones. Hicimos algunos descubrimientos muy espectaculares. Por ejemplo, descubrimos que el estrecho de Bransfield, que separa la península antártica de las islas Shetland, era una zona de creación de corteza oceánica.

Poder descubrir las formas que se esconden debajo de la lámina de agua requiere tecnologías muy complejas y un despliegue técnico muy importante. ¿Cómo ha evolucionado el estudio de los fondos marinos en los últimos años?

Ha dado un salto cuantitativo y cualitativo enorme. En los primeros años de nuestro equipo de geología, trabajábamos con una ecosonda muy primitiva que te daba la profundidad vertical del barco y ya está. El resto de equipos que usábamos, cuando teníamos que hacer un estudio de la morfología del fondo, los teníamos que cargar desde un almacén en camiones, subirlos a bordo, montarlos, ajustarlos… y siempre había problemas desde que llevaran más de tres meses parados. Un trabajo enorme que ahora no tienes que realizar con los nuevos barcos, que incorporan en su equipamiento fijo todas estas tecnologías.

Otro detalle importante, otro gran salto cualitativo en la investigación de la geología marina, fue la incorporación, a finales de los 80, del sistema de posicionamiento GPS. Esto ha permitido conocer la posición del buque con una precisión por debajo del metro, algo fundamental para la geología. Antes del GPS teníamos que montar nuestros propios equipos de posicionamiento con antenas que colocábamos en faros o en la cima de algún monte en vértices geodésicos. Un trabajo muy duro.

En definitiva hemos pasado de estudiar una habitación a oscuras con una pequeña linterna a encender un montón de focos y observar hasta el más mínimo detalle.

¿Cómo ve el futuro?, ¿podrán los satélites sustituir las campañas oceanográficas?

Sustituir no, porque el dato insitu es fundamental. Yo creo que la oceanografía en el futuro debe de apoyarse en la teledección por satélite pero, sobre todo, en el uso de robots autónomos no tripulados capaces de sumergirse y obtener los datos y muestras necesarios como los AUV (Authonomous Underwater Vehicles) o los Gliders, y en otras tecnologías como los nuevos  UAV´s (Unmanaged Aircraft Vehicles), unos aviones no tripulados capaces de tomar datos tanto de la columna de agua, como de la superficie, como incluso del fondo marino. De momento sólo se conocen por sus aplicaciones militares pero ya hay proyectos para aplicarlos en estudios científicos que no requerirán el soporte de un buque. El problema es que la oceanografía es una ciencia muy cara. Tomar una muestra a 3.000 metros de profundidad requiere de un despliegue técnico y humano comparable a la exploración de marte o de la luna, zonas que por cierto se conocen mejor que la mayoría de los fondos marinos.

En ciertas áreas del conocimiento, que encierran importantes intereses económicos, el desarrollo científico parece dirigido por el sector privado, ¿es el caso de la geología marina?

Efectivamente. La oceanografía en general, y principalmente la geología, tiene unas aplicaciones prácticas impresionantes, como la prospección de hidrocarburos en el mar, la extracción de diamantes de sedimentos, los nódulos polimetálicos, etc. Y estos enormes beneficios económicos, junto a la industria militar, han sido el motor de la mayor parte de la tecnología que utilizamos para la investigación.

¿Cree que estos intereses, por un lado económicos por otro militares, han podido perjudicar a la investigación marina?

Tanto la industria, fundamentalmente la petrolera, como la marina de guerra han sido y son los motores de la tecnología que después aplicamos en las ciencias marinas. Esto puede tener sus inconvenientes.  El GPS, por ejemplo, lo desarrolló EEUU con fines militares. Pasaron años hasta que se le pudo dar un uso civil y, además, fueron poco a poco habilitando una mayor precisión. Durante la Guerra del Golfo estabas en una campaña oceanográfica y de repente cortaban o reducían drásticamente la precisión del GPS y se echaba a perder todo el trabajo. Sin embargo una tecnología tan cara, sin estos intereses detrás, o no se hubiera desarrollado todavía o estaríamos inventando ahora la ecosonda.

Ha comentado en alguna ocasión que le hubiese gustado dedicarse a estudiar el patrimonio cultural sumergido. ¿Cómo le afecta a esta disciplina que la tecnología se desarrolle a mayor velocidad cuando existen unos intereses económicos importantes detrás?

Efectivamente es un tema que me apasiona y por ello soy especialmente sensible a este problema. Sin duda, los que tienen la mejor tecnología a nivel mundial son las empresas cazatesoros, por llamarlos de algún modo. Y en España, concretamente, hemos tenido un caso especialmente sangrante, el del Odyssey. Esta empresa tiene robots submarinos capaces de trabajar hasta 6.000 metros, llevan los mejores sónares de profundidad que existen, los mejores magnetómetros, etc. Sólo les falla que son unos piratas, unos sinvergüenzas. Si esa tecnología se pusiese a disposición de instituciones científicas, o incluso de la Armada Española, con el fin de inventariar y proteger nuestro patrimonio cultural sumergido, sería espectacular. Pero no existen los medios ni materiales ni personales que permitan que ningún grupo de investigación pueda saber antes que los piratas dónde se encuentra el patrimonio sumergido.

Algunos expertos aseguran que sólo en el golfo de Cádiz deben de haber más de 800 pecios hundidos, ¿se trabaja lo suficiente por conocer y salvaguardar este patrimonio?

Es un problema económico, porque hace falta comprar unos equipos científicos carísimos y hay que contar con un personal científico-técnico muy especializado que, aunque existen en España, habría que dedicarlo a eso. También existe un problema de prioridades políticas. Ahora estamos como estamos, pero en momentos en que la economía ha ido mejor tenía que haber habido voluntad de estudiar esto en serio y proteger el patrimonio.

Esta entrevista se publicó en julio de 2011 en el número 17 de la revista IEO

Etiquetas:
img-responsive center-block Pablo

Me llamo Pablo, soy oceanógrafo y periodista, y he creado Ciencia en Remojo para compartir mis trabajos –científicos y divulgativos- e informar sobre actualidad en ciencias del mar.

Menú Principal

¡Suscríbete!

Únete a otros 12 suscriptores